Las incoherencias del “Laissez faire, laissez passer”

“Dejad hacer, dejad pasar”, frase que desafortunadamente he tenido que aguantar más de una vez en boca de algún profesor de economía en la facultad.

Dicha expresión es usada por los liberales contra la interferencia de los estados en la economía, principalmente en defensa del libre comercio.

La idea más primitiva de libre comercio la encontramos en Adam Smith y su mano invisible y en David Ricardo que enuncia que “el libre cambio induce a una especialización de cada país y de cada región, que resulta globalmente ventajosa para todos”.

Otra idea más reciente, señala que el libre cambio incrementa el tamaño de los mercados y permite, en consecuencia, aumentos de productividad por aplicación de los rendimientos crecientes y una competencia más fuerte, que garantiza una mayor eficiencia.

¿Os imagináis que todas las empresas tengan rendimientos crecientes y economías de escalas, y a la vez en perfecta competencia? Primero, nadie es capaz de garantizar que una mayor competencia remita siempre y en todos los mercados en un mayor grado de eficiencia y segundo intuyo que son las condiciones más idóneas para la creación de monopolios.

Apoyándose en los postulados de David Ricardo, es cuando los defensores del sistema actual señalan que la apertura comercial representa una oportunidad más para los pobres. Si esto es cierto, ¿porque los que defienden con mayor ahínco dicho sistema pertenecen a los países más ricos y comercialmente dominantes y no es precisamente al contrario?

En el transcurso de la historia queda demostrado, que las eliminaciones de las barreras arancelarias han sido impuestas siempre por los países colonizadores, donde eran los únicos beneficiados de dicha situación. Introducían sus productos sin que estos sean frenados por peajes de ningún tipo, inundaban el mercado nativo, desplazando a un lado a las economías locales existentes y a la vuelta se volvían con las manos llenas de materias primas, productos de lujo (oro, plata, especias) y mano de obra. Cuando las colonias lograban independizarse, la situación era mucho más caótica e insostenible que nunca. Quedaban sus recursos naturales sobreexplotados, no quedaba predominio ni especialización en manufactura alguna, ni capital humano preparado y capacitado para realizar tareas diferentes a las impuestas por los colonizadores, por lo que irremediablemente quedaban sometidos a la dependencia total del exterior en la mayoría de las ocasiones. Así que el pobre un vez más se llevó la peor parte.

Hoy día, los países ricos no pueden colonizar como hace pocos siglos hacían y por eso se deben de inventar otros métodos y uno de ellos es el libre comercio internacional. Saben que es imposible que los países pobres puedan competir contra ellos, se les obliga a que abran sus fronteras a la agricultura y productos industriales, la agricultura local queda desplazada y encima se encuentran bloqueos a estos productos en los países occidentales, estos a su vez tienen libertad de “invertir” capitales en países pobres y agotar con total impunidad los recursos de los mismo al igual que hacían en las antiguas colonias.

Este escenario es creado exclusivamente por y para los países del norte.

Como bien menciona Jacques Sapir en su libro Economistas contra la democracia, “…los países que se han visto obligados a ceder ante la presión de un competidor más avanzado, política y militarmente dominante, nunca han podido salir del subdesarrollo.”

Un apunte más apoyado en la historia. Los países que se desarrollaron en los amaneceres de la revolución industrial lo hicieron gracias al proteccionismo. Gran bretaña, Francia, Bélgica, Alemania, Estados Unidos, etc.

Una vez más el pobre es traicionado, pero esta vez de la peor forma posible, jugando con sus sueños e ilusiones.

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